Catálogo

Bollos de papel

Autor: Goñi Capurro, Juan Pablo
Materia: Cuento

FORMATO E-BOOK


Bollos de papel 

    Estaba tan bonita, sentada en el único espacio libre en el colchón, que titubeé en seguir adelante. Las manos bajo la cola, las piernas colgando, los pies descalzos, la cabeza hacia el suelo; ¿cómo la desolación puede lucir tan hermosa? Me abrí paso por entre la montaña de papeles que cubrían el piso de la habitación y la cama; eran hojas convertidas en bollos. ¿Cientos?, ¿miles de bollos? Pensé que no había notado mi presencia pero apenas me detuve, a dos pasos de ella, me habló sin mirarme.
    –Hoy han vuelto.
    ¿Qué responderle? Vi asomar la punta de la colcha y pensé en cubrirla. Simple acto reflejo, ¿para qué abrigarla con el calor que hacía? No estaba ante un niño asustado por una sombra sino ante una mujer que vivía en ellas.
    –Intenté escribirles para que me dejaran de molestar pero no hallé una frase convincente.
    Continuaba sin mirarme. Me agaché, tomé unos bollos, los estiré; estaban en blanco. ¿Se daría cuenta si se lo decía?, ¿y si me ahorraba la prueba? ¡Qué cobardes nos volvemos ante lo que no comprendemos!
    –Además, no tenía en claro a quién dirigirme, no sé quién es el jefe de todos ellos.
    Me resultaba imposible iniciar un diálogo, tampoco me atreví a interrumpirla. A la vista no presentaba heridas, todavía no llegaba a ese punto pero no seguiría corriendo el riesgo.
    –Esperan a que salgas, son inteligentes, crueles e inteligentes.
    Era consciente de mi presencia, no estaba del todo ida. Continué dudando en darle a conocer mis planes; corrí unos bollos y me senté a su lado. Su cabeza se mantuvo inmóvil pero sus ojos giraron un instante hacia mí. Al siguiente estaban de nuevo persiguiendo fantasmas en la pared.
    –Se que no me creés, los hombres no quieren creer.
    Se veía tranquila, no temblaba como otras veces. El cabello estaba seco pero percibí el aroma del champú. Se mantenía limpia, buen síntoma que no bastaba. ¿Cuánto faltaría para que estos visitantes se atrevieran a ir más lejos y la golpearan o, incluso, la mataran? No podría con la culpa si llegaba una tarde y la encontraba muerta.
    –Siempre nos echan las culpas, siempre encuentran una excusa. Yo no los invito, yo no quiero. Pero ellos son más fuertes, siempre consiguen lo que quieren.
    Dejé de mirarla porque casi me puse a llorar. Calló. En cinco minutos vendrían a buscarla, últimos minutos para decidir si le decía dónde la llevaban. Mordí mis labios, recordé todos los dioses cuyos nombres conocía para insultarlos uno a uno. ¿Cómo podía irse la mente de una persona en sólo un mes? Tan hermosa y tan… Habló.
    –Me vas a echar, ya lo sé. Me vas a sacar de tu casa.
    ¿Cómo lo sabía? Su actitud no había variado, continuaba con los ojos enfocados en la pared. ¿Cómo funcionaba esa mente? 
    –Ahora entiendo a la Virgen María, ahora sé por qué José es un santo.
    ¿Mística también? Me puse de pie. Comencé a patear los bollos de papel, furioso contra ese destino que me la robaba, sin comprender el por qué, sin un motivo para tamaño shock, sin avisos de una enfermedad previa. Me controlé y volteé a mirarla, temiendo haberla alterado. Pero no, estaba más allá de lo que yo pudiera hacer.  Unas palabras tenía que decirle antes que llegara la ambulancia.
    –¿Por qué San José es San José, es decir, un santo?
    –Porque creyó que el embarazo de su mujer fue producido por el espíritu santo. No todos los hombres lo creerían, vos no me vas a creer que el hijo que llevo encima es de ellos.
    ¿Hijo? Mío seguro que no, no habíamos vuelto a tener sexo desde la última menstruación, dos días antes de la primera mención a los visitantes. ¿Se había aprovechado alguien? Recién al tercer día de incoherencias había cerrado la casa con llave al partir al trabajo; calculé y no, no daba la cuenta, no podía estar embarazada. Suspiré y me acerqué a la puerta. Continuó en la misma posición. Preferí no estar presente cuando la cargaran; salí a la vereda, la ambulancia doblaba la esquina. Saludé al médico y a los camilleros, les indiqué la habitación y me fui para el patio, a aguardar a que todo acabara. Lloré, claro. Volví a entrar cuando el médico se despidió desde la puerta, intuyendo que Victoria no se recuperaría.

    He sido fiel a los hechos y a mis pensamientos. He corregido la historia a diario, buscando la extrema precisión, y cada vez hago copias que dejo en la cocina, en la habitación y en el baño; quiero convencerlos de que Victoria no es la indicada, casi muere cuando a los cuatro meses de internada expulsó aquel feto con extrañas malformaciones. Tres meses dejando cartas para que las encuentren cuando me voy a trabajar. Tres meses sin una respuesta.

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